El hombre que robó las elecciones

Benjamín Franklin decía que tres personas pueden guardar un secreto si dos de ellas está muertas.  Hoy sigue siendo una regla magnífica para enfrentarse a las conspiraciones: no porque las conspiraciones no existan —existen, evidentemente; soy abogado y he visto a gente ponerse de acuerdo para hacer cosas bastante más estúpidas que amañar unas elecciones— sino porque necesitan personas y las personas hablan, se equivocan, se enfadan, guardan papeles, cambian de bando y algunas hasta terminan en el juzgado. Me he acordado bastante de Franklin desde que ayer, Isabel Díaz Ayuso pidió que «ni se le ocurra» a nadie votar por correo y Santiago Abascal volvió a poner en duda las garantías del voto postal, mientras la dirección nacional del propio PP decía que el sistema es garantista y que se puede votar «por tierra, mar y aire», incluido Correos, lo que al menos demuestra que se puede pertenecer al mismo partido sin necesidad de compartir exactamente la misma realidad -sospecho que esto le pasa mucho a Ayuso-.

George Lakoff explicaba los marcos mentales con un ejercicio muy sencillo: no pienses en un elefante. No pienses, por favor, en un animal enorme, gris, con trompa y dos orejas gigantes. Ya está. Elefante. Para negar un marco tenemos primero que activarlo y por eso Nixon, cuando aseguró a los americanos que «I am not a crook», hizo algo parecido a presentarse diciendo «hola, soy Richard Nixon y me gustaría que hablásemos de si soy un delincuente». Cuando Ayuso y Abascal plantean la posibilidad de manipulación y los demás respondemos que en España no es posible ningún pucherazo, que Correos no permitirá ningún pucherazo y que el sistema impide cualquier pucherazo, podemos discutir quién tiene razón, pero el elefante ya está en el salón.

Como yo también he caído en la trampa, llevo unos días intentando hacer algo más entretenido: organizar el pucherazo. Supongamos que quiero robar unas elecciones generales y dispongo de dinero, contactos, una completa ausencia de escrúpulos y, por razones que no vienen al caso, acceso a un sótano en Ferraz. Necesito fabricar suficientes votos como para cambiar el resultado y enseguida aparece un inconveniente bastante vulgar: ¿dónde los meto? Porque en España – al contrario que en EEUU- seguimos votando con papeles dentro de cajas transparentes, una tecnología extraordinariamente primitiva que tiene el inconveniente de funcionar bastante bien. Las mesas están formadas por ciudadanos elegidos por sorteo, hay interventores y apoderados mirando y, al terminar, se abre la urna, se sacan las papeletas, se cuentan físicamente, se vuelven a contar cuando no cuadran, se discute si es válido el voto del señor que ha escrito «todos sois unos hijos de puta» sobre la lista del PSOE y se levanta un acta de la que los partidos pueden obtener copia. El famoso escrutinio que vemos avanzar por televisión no es un ordenador del Ministerio del Interior decidiendo quién gana, sino la transmisión provisional de esos resultados. Podría hackearla y hacer que durante media hora apareciese Teruel Existe con 280 diputados, pero seguirían existiendo las actas y tarde o temprano alguien -probablemente un juez-  tendría la descortesía de mirarlas.

Correos parece ofrecer más posibilidades, aunque tampoco ayuda demasiado. El voto postal está ligado a un elector que previamente lo ha solicitado, queda anotado en el censo para impedir que vuelva a votar presencialmente y desde 2023 existe además identificación al depositarlo. Correos ni siquiera cuenta los votos: los lleva hasta las mesas y allí terminan en las urnas con los demás. Eso no significa que no pueda haber fraude. Se puede comprar un voto, coaccionar a alguien, utilizar documentación ajena o aprovecharse de una persona vulnerable y en España ha habido investigaciones por estas cosas -saludad a las monjitas de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados que llevaban a los yayos a votar al PP-. En unas municipales, además, doscientos votos pueden decidir una alcaldía. Pero nosotros queremos montar algo bastante más ambicioso y fabricar decenas de miles de votos para unas generales empieza a plantear un problema de recursos humanos.

El CERA es más interesante y aquí, para mi desgracia, el argumento se complica. El español residente en Buenos Aires, Caracas o Melbourne puede enviar su voto por correo al consulado y no todos los servicios postales del mundo funcionan con los mismos controles que Correos. Podemos imaginar un fraude bastante más razonable que una conspiración de funcionarios: localizar electores auténticos inscritos en el CERA que normalmente no votan, conseguir su documentación o los elementos necesarios para emitir fraudulentamente el voto en su nombre y hacerlo entrar en el circuito. A partir de ahí el empleado consular, la Junta Electoral y los interventores pueden ser perfectamente honestos y estar procesando un voto cuyo origen está viciado. No necesito comprar al Ministerio del Interior ni infiltrar a tres mil funcionarios.

Además, las elecciones de 2023 demostraron que no hacen falta necesariamente cincuenta mil votos. En Madrid el último diputado pertenecía al PSOE antes de incorporar el voto exterior y, después de contar el CERA, donde el PP obtuvo 19.006 votos frente a 10.411 del PSOE, pasó al PP. En Girona el PP estuvo a unos pocos cientos de votos de quitarle un escaño a Junts. Nuestro sistema reparte diputados por provincias y eso significa que unos centenares o unos pocos miles de votos bien colocados podrían mover un escaño. Pongamos entonces mil votos falsos en Girona y asunto resuelto, salvo por una pequeña putada: sabemos que hacían falta en Girona porque las elecciones de 2023 ya ocurrieron.

Cuando estamos preparando el fraude no sabemos dónde estará el escaño disputado. Podemos tener mil maravillosos votos falsos en Girona y descubrir el lunes que allí no servían para nada y que los necesitábamos en León. Tendremos que repartirlos entre varias provincias y lo que empezó como una operación elegante empieza a engordar. Cada voto tiene que seguir perteneciendo a alguien que existe de verdad porque no podemos inventarnos a Francisco Pérez García, residente en Rosario, y añadirlo alegremente al censo. Hay que localizar personas reales, adscritas a las provincias que nos interesan, conseguir lo necesario para votar por ellas y repetir la operación suficientes veces para que alguno de nuestros votos termine cayendo precisamente donde sirve para mover un escaño -a no ser que consideremos que todos los cónsules españoles en el extranjero están en el ajo-.

No necesito veinte mil conspiradores para hacerlo, y sería tramposo fingir que sí. Quizá pueda organizarlo un grupo pequeño. Así que sí, se puede hacer. Podemos amañar unas elecciones generales. Sólo necesitamos saber antes de que se celebren qué circunscripciones van a decidir sus últimos escaños por unos cientos de votos, localizar en cada una de ellas suficientes electores reales dispuestos a no votar —o, mejor todavía, que no se enteren de que lo han hecho—, hacernos con la documentación necesaria, emitir los votos en su nombre, conseguir que entren correctamente en el circuito desde varios países y repetir la operación unos cuantos miles de veces, pero no tantas como para que a nadie le llame la atención una participación anómala. Después sólo queda confiar en que ninguno de esos electores pregunte, ningún funcionario vea nada raro, ningún interventor encuentre una discrepancia, ningún partido eche cuentas, ningún periodista se aburra una tarde entre gin-tonics y ningún abogado tenga demasiado tiempo libre y un Excel delante. Y, por supuesto, que todos los que hayan participado directa o indirectamente en semejante tinglado permanezcan callados. Perfectamente posible. Lo único que empieza a preocuparme es el tamaño del sótano de Ferraz.

Pero ésa es precisamente la ventaja del elefante. Ayuso y Abascal no necesitan explicar cuántos votos podrían falsificarse, mediante qué procedimiento, en qué consulados, afectando a qué provincias o burlando qué controles. Basta con introducir la duda y obligar a los demás a responder dentro de ella. Durante las próximas semanas hablaremos del voto por correo, del CERA, de Correos, de las garantías electorales y, naturalmente, del fraude, y si después de las elecciones alguien cuestiona el resultado la idea no tendrá que introducirse entonces porque llevará semanas circulando. No sé si ésa es la intención de Ayuso o de Abascal, porque no tengo acceso a sus cabezas y agradezco bastante no tenerlo, pero una acusación extraordinariamente grave debería venir acompañada de algo más que la posibilidad abstracta de que alguien haga trampas.

Así que cuando alguien me diga que puede haber un pucherazo no quiero discutir sobre si confío en Correos, en el Gobierno o en la Junta Electoral. Quiero que me explique cómo lo haría: cuántos votos necesita, dónde los introduce, cómo sabe antes de las elecciones qué provincias van a decidirse por unos cientos de papeletas, de dónde saca los electores necesarios, qué control falla, qué anomalía podemos buscar después y cómo consigue que nadie tire del hilo. Y si Ayuso, Abascal o cualquiera que quiera recoger el guante consigue explicarme cómo se puede cometer un fraude electoral masivo en el sistema electoral español, con un mecanismo técnicamente viable, capaz de alterar unas elecciones generales y sobrevivir a todo eso, me tatúo. «¡Ah, pues mira!». En la polla. Con la punta de un compás.

Deja un comentario