Hay algo profundamente irritante en descubrir que hasta la mafia tiene ciertos escrúpulos. No demasiados, tampoco nos pongamos estupendos. La mafia extorsiona, trafica, corrompe, rompe piernas y, llegado el caso, mata. No es mi intención iniciar aquí una campaña de rehabilitación de la Cosa Nostra. Pero en determinados negocios existe una regla elemental que hasta un delincuente comprende perfectamente: si vas a vivir de las apuestas, tienes que pagar al que gana.
Durante buena parte del siglo XX, especialmente en Estados Unidos, las apuestas deportivas estuvieron íntimamente relacionadas con el corredor de apuestas, el bookie, que aceptaba las apuestas, fijaba las cuotas, llevaba las cuentas y, cuando terminaba el partido, cobraba a unos y pagaba a otros. En casi todo el país, el negocio era ilegal y estaba relacionado con organizaciones criminales, y estas necesitaban que sus clientes volvieran la semana siguiente. Si apostabas cien dólares a que los Yankees ganaban y ganaban, cobrabas. Si perdías, pagabas. Y si no pagabas, probablemente descubrías que el departamento de recobros tenía métodos poco homologables por el Banco de España.
No hay nada noble en aquello. El jugador compulsivo es un cliente magnífico para el corredor, como lo es para cualquier negocio de apuestas. Le acepta dinero que no debía apostar, puede darle crédito que no debe concederle y contribuye encantado a su ruina mientras siga pagando; y si deja de pagar, entonces tiene un problema, porque el juego clandestino añade además usura, amenazas y violencia. No añoremos lo que nunca mereció ser añorado.
Pero hay una cosa transparente: aquello era una apuesta. No era un negocio honrado. Era un negocio transparente. Tú pones cien dólares a que ganan los Yankees. El corredor te ofrece una cuota. Si aciertas, cobras; si no, pierdes los cien dólares. El negocio está a la vista y también lo está el conflicto de intereses entre quienes participan en él. El beneficio del bookie tampoco tiene demasiado misterio. Imaginemos un acontecimiento con dos resultados que tienen exactamente un cincuenta por ciento de posibilidades. Una apuesta justa debería pagar 2,00: apuestas cien y, si aciertas, recibes doscientos. El corredor ofrece 1,90 a cada resultado. Si consigue cien euros apostados a cada lado, recauda doscientos, entrega ciento noventa al ganador y se queda diez. La realidad es más complicada, claro, las cuotas cambian y el libro nunca está perfectamente equilibrado, pero el principio permanece: las probabilidades incorporan un margen favorable a quien organiza las apuestas. La casa no necesita hacer trampas para ganar dinero: las propias cuotas ya están construidas para pagar su intervención.
Y entonces decidimos quitarle al negocio lo poco que le quedaba de obscena sinceridad y cogimos un negocio que ya tenía matemáticamente las probabilidades a su favor y decidimos industrializarlo.
El bookie necesitaba un partido, pero las casas de apuestas modernas no quieren esperar a nada. Puedes apostar antes del partido, durante el partido y en el descanso; al ganador, al próximo goleador, a los córners, a las tarjetas o al siguiente juego de un partido de tenis. El acontecimiento deportivo deja de ser simplemente aquello sobre lo que apuestas y se convierte en materia prima de la que extraer nuevas oportunidades para apostar.
Y aquí aparece una diferencia bastante más importante que la comodidad. Antes existía un momento reconocible en el que uno decidía apostar. Ahora la tecnología permite convertirlo en una actividad continua. El teléfono ofrece bonos, cuotas mejoradas, cashback, apuestas supuestamente gratuitas y promociones que caducan dentro de unos minutos. Si pierdes, incluso puedes recibir saldo para volver a jugar. No te devuelven cinco euros para que te tomes una cerveza: te los devuelven para que hagas otra apuesta.
Esto no convierte al antiguo corredor en una buena persona. Ambos modelos tienen una relación particularmente siniestra y depredadora con la ludopatía: el cliente incapaz de dejar de jugar es precisamente el que seguirá entregándoles dinero. La diferencia es que la plataforma moderna dispone de algo con lo que el bookie ni siquiera podía soñar. Sabe cuándo apuestas, cuánto, a qué deportes, qué promociones funcionan contigo y qué consigue que vuelvas a abrir la aplicación. Puede hacer que apostar sea inmediato, ubicuo y cada vez menos parecido a aquella decisión consciente de sacar cien dólares del bolsillo y entregárselos a un tipo que anotaba Yankees en una libreta.
Y todavía quedaba un paso más: conseguir que incluso la palabra apuesta resultara innecesaria.
Novig, por ejemplo, acaba de incorporar a Sydney Sweeney en ropa interior como socia estratégica y accionista para promocionar su plataforma. Novig no se presenta como una casa de apuestas convencional, sino como un mercado de predicción deportiva. Y existen diferencias reales. En lugar de aceptar la cuota que ofrece una casa, los participantes compran y venden posiciones entre ellos y los precios se forman en el mercado. Técnicamente no es lo mismo.
Lo interesante es el lenguaje. Ya no apuestas: compras un contrato. No tienes una apuesta abierta: tienes una posición. No eres un apostante: eres un participante en un mercado. Podemos añadir una interfaz que recuerde a una plataforma financiera, hablar de liquidez y contratar a Sydney Sweeney para explicarnos las bondades del invento. Pero si pongo cien dólares porque creo que los Lakers van a ganar, gano dinero si ganan y pierdo mis cien dólares si pierden, mi pobre cerebro analógico sigue empeñado en utilizar una palabra bastante antigua para describirlo: apostar.
Y quizá sea ahí donde aparece la honestidad de la mafia. No porque aquellos tipos fueran honrados u honestos. No lo eran. También vivían de la debilidad ajena y estaban encantados de seguir aceptando apuestas del hombre que estaba destruyendo su vida. La diferencia es que el viejo depredador enseñaba los dientes. No te decía que estaba mejorando tu experiencia deportiva, ni te convertía en miembro de una comunidad, ni llamaba posición a tu apuesta. Te preguntaba cuánto querías jugar y tú sabías perfectamente quién era él, qué quería de ti y qué estabas haciendo.
El negocio sigue necesitando perdedores y entre ellos siempre encontrará a quienes ya no saben dejar de jugar. Lo verdaderamente moderno no es esa depredación. Es haber construido alrededor de ella una industria tecnológica, publicitaria y lingüística capaz de presentarla como una experiencia divertida, sofisticada y hasta vagamente financiera.