A mis 48 años, el transporte público dejó de ser una opción. No porque no lo haya usado: al contrario. Durante más de treinta años, viviendo en el noroeste, me he movido en autobuses interurbanos, Cercanías y Metro, renegando del coche; he pasado incontables horas de mi vida leyendo libros y comics, mirando por la ventanilla, cabeceando a las siete de la mañana en un vagón que olía a sueño y escuchando las noticias. Durante años, ese era mi día a día, y funcionaba. No era perfecto, claro que no, pero era posible: el transporte público ofrecía una alternativa razonable para entrar y salir de Madrid sin sentir que estabas sacrificando tu salud mental.
Ahora, no. Desde mi última mudanza, y teniendo que dejar a la peque en el cole -¡a las siete y media de la mañana!-, las combinaciones que antes eran soportables se han vuelto impracticables, los horarios son cada vez más inestables y las frecuencias de los trenes un chiste. Si antes, viviendo mucho más lejos de la ciudad, tardaba una hora y poco en llegar a mi trabajo combinando Cercanías y metro, hoy esa misma ruta puede alargarse a hora y media… si no hay averías, si no hay retrasos, si no hay huelga encubierta de maquinistas o fallos eléctricos que paralizan media línea a las ocho de la mañana. Por eso, como mucha otra gente, he acabado rindiéndome: voy en coche. No porque quiera. Porque no me queda otra.
Y aquí empieza el verdadero problema: el coche no es una solución. Desde hace tres o cuatro meses, el acceso a Madrid por la A-6 se ha convertido en una pesadilla diaria. No hay hipérbole o exageración posible que haga justicia a la realidad de esos atascos interminables que empiezan antes de Las Rozas y se extienden hasta el corazón de la ciudad. Lo que durante años fue un trayecto de treinta y cinco minutos se ha transformado en un viaje de una hora y diez minutos como mínimo. Día tras día. Lluvia o sol.
Lo malo es que este colapso no tiene misterio: una combinación perfecta entre planificación electoral y fin del teletrabajo. José Luis Martínez-Almeida ha decidido que su campaña municipal de 2027 se construya sobre obras y cintas inaugurales, y ha convertido los accesos a la ciudad en su escaparate favorito.
Se han abierto zanjas, desviado carriles, levantado estructuras y cortado accesos sin una planificación técnica real, sino pensando en cuándo tocará sacar la foto de la inauguración -me juego kikos contra pesetas -¡y no los pierdo!- que la gran mayoría serán inauguradas con las obras a medias en los dos primeros meses de 2027-. No se ha escalonado ni coordinado nada. Todo al mismo tiempo, como si los ciudadanos fuéramos figurantes en su teatrillo de campaña. La obra del nudo norte, el Bernabéu, la A5, El soterramiento de la M30 en Ventas…
Al mismo tiempo, el lento desmantelamiento de las políticas de teletrabajo ha devuelto a la carretera a miles de personas que habían desaparecido desde la pandemia. Antes, a las siete y media de la mañana, el atasco era manejable: ahora es un tapón total. Cada empresa que obliga a sus trabajadores a volver a la oficina contribuye un poco más a este colapso. Y no hay alternativa: el transporte público no absorbe esta avalancha, porque lleva años abandonado. El Cercanías -¡salude, señor Puente, que usted también tiene parte de culpa en esta situación! no da abasto, el metro está saturado y los autobuses interurbanos se atascan en el carril BUS/VAO.
El resultado es un embudo perfecto, un castigo diario del que no hay salida. Y eso es lo más perverso: no es un accidente. Es una decisión política. No solo la de priorizar el coche sobre cualquier otra forma de movilidad, sino la de utilizar el atasco como fondo de campaña, como escenario en el que el alcalde posa con casco y sonrisa, mientras cientos de miles de personas pierden tres horas diarias de su vida para ir y volver del trabajo.
Madrid no está colapsada por casualidad. Madrid está colapsada porque alguien, desde un despacho en Cibeles, ha decidido que el atasco es rentable. Para ellos. No para nosotros.