Citadel Vs Ghamak

“En la sombría oscuridad del lejano futuro, sólo hay guerra”.

Y una pila de miniaturas sin destroquelar que me produce mucha ansiedad.

Buena parte del hobby de los moñecos consiste en personalizar las miniaturas. Durante décadas, los aficionados han modificado figuras con masilla verde, limas, piezas sueltas y pintura, transformando un producto estandarizado en algo único. Esa práctica artesanal forma parte del ADN del wargaming desde mucho antes de que la industria descubriera su rentabilidad. Pero en los últimos diez años, la irrupción de las impresoras 3D ha multiplicado exponencialmente las posibilidades creativas de la gente que, en vez de manos, tenemos muñones. Lo que antes era lento y limitado hoy está al alcance de cualquiera con un archivo STL, una impresora 3D y un poco de tiempo libre. Y esa transformación silenciosa ha terminado por abrir una grieta profunda entre la comunidad y la empresa que domina el sector.

Acompáñenme para esa estremecedora historia de terror, hipocresía y gente con una higiene corporal discutible.

Games Workshop – Citadel, la empresa responsable de Warhammer y que acapara un 90% del mercado del wargamming a nivel mundial – fuente, “my tanned balls”- ha demandado al estudio italiano Ghamak, especializado en esculturas 3D imprimibles, por “concorrenza sleale”, competencia desleal según el artículo 2.598 del Código Civil italiano. No es la primera vez que GW intenta proteger su dominio sobre Warhammer, pero esta vez -al igual que en el pleito de Chaperhouse syudios, del que hablaremos otro día- no va tras copias exactas salidas de un taller de resina de Shenzhen -al que sólo se tiene acceso a través de una discreta ML-: acusa a Ghamak de beneficiarse sistemáticamente de su inversión en Propiedad Intelectual a través de un catálogo que, sin reproducir signos distintivos, resulta funcionalmente intercambiable con el suyo. Esta vía legal evita la necesidad de demostrar infracciones pieza a pieza: basta con alegar que la actividad económica del demandado se basa en “parasitismo” —aprovechar la reputación y el trabajo ajeno sin un esfuerzo equivalente.

El caso es llamativo porque Ghamak no es cualquier escultor. Lleva años ofreciendo líneas completas de miniaturas “compatibles”, muchas inspiradas en facciones icónicas, bien conocidas por jugadores de Warhammer. No se trata de bits sueltos o guiños puntuales -como lo era Chaper House-: es un catálogo paralelo capaz de equipar un ejército entero, vendiendo por fuera del circuito oficial. Y eso, desde la perspectiva jurídica italiana, encaja en el molde perfecto de la competencia parasitaria. No hace falta confusión de marca ni plagio literal: basta con demostrar que la estrategia comercial depende de la existencia del competidor dominante. En este caso, GW.

La ironía es obvia para cualquiera que haya prestado atención a su historia. La empresa británica nunca se caracterizó por su imaginación virginal. Los Necrones nacieron como copias directas de los Terminators de James Cameron, los Tiranidos lo eran de Alien de Giger y Scott, los Arbites son un calco amable de los jueces de Mega City One – GW era la depositaria d ellos derechos para un juego de miniaturas del Juez Dredd en los 80-. Y en los conceptos pasa lo mismo: el Imperio de la Humanidad bebe de Dune y el Caos surge en línea directa de Michael Moorcock. Warhammer nació mezclando tropos ajenos y construyendo con ellos un lenguaje visual potente. Y hoy, tras décadas de apropiación, exige a otros lo que nunca hizo.

La elección de la competencia desleal como estrategia legal no es casual. Litigar por copyright obliga a demostrar qué pieza fue copiada, cuándo, con qué originalidad y bajo qué derechos. La figura del parasitismo permite en cambio un ataque más amplio y económico: no se discute la forma de una hombrera, sino la lógica entera de un negocio. Si GW logra que un tribunal italiano confirme que Ghamak vive de su inversión creativa, el golpe será devastador para un sector de escultores independientes que floreció gracias a la impresión 3D. No se trata de un simple pleito comercial: es una declaración de intenciones sobre quién manda en el hobby.

Italia es un terreno fértil para esta jugada. El artículo 2.598 del Código Civil permite sancionar conductas que, sin ser infracción clásica de marca o autor, se consideren contrarias a la “correttezza professionale”. Basta con probar que una empresa basa su actividad en colgarse de otra. Ghamak, con un catálogo construido alrededor de equivalentes funcionales, es el blanco perfecto para establecer un precedente que disuada a otros. GW no necesita demostrar que inventó nada; sólo que otros están monetizando su universo estético. Es una maniobra quirúrgica: un caso bien escogido, un tribunal favorable y una doctrina jurídica flexible.

Para los escultores 3D, la amenaza es clara. Hasta ahora han operado en una zona gris: evitando marcas registradas, cambiando detalles visuales y confiando en que la diversidad estilística bastaría para blindarlos. Pero si un juez dicta que basta con “aprovechar la inversión” para que exista parasitismo, el margen se reduce drásticamente. La estética compartida se vuelve un campo minado. Y si GW gana, no será necesario demandar a todos: bastará con este caso para intimidar al resto.

El contraste con el pasado de GW es difícil de ignorar. La empresa ha prosperado durante décadas construyendo sobre ideas ajenas. Lo hizo en un momento en que las fronteras de la propiedad intelectual eran más difusas, cuando los universos de ciencia ficción eran patrimonio cultural informal más que activo legal. Hoy, con el derecho europeo reforzando la protección de diseños y ampliando el alcance de la competencia desleal, GW puede usar herramientas que antes no existían para blindar un ecosistema que, paradójicamente, se formó gracias a la porosidad de esas mismas fronteras.

El caso recuerda inevitablemente a Chapterhouse Studios, el pleito estadounidense que acabó en un veredicto mixto -y que acabó quebrando al ratón-: GW ganó algunos puntos, pero no logró monopolizar un estilo. El derecho italiano es diferente. La noción de parasitismo ofrece una ruta más cómoda para una gran empresa: en vez de probar originalidad pieza a pieza, basta con convencer al tribunal de que la otra parte vive de su sombra. Y en este caso, Ghamak ha hecho lo bastante visible y estructurado como para servir de ejemplo. No es un enemigo al azar: es un aviso para toda una comunidad.

La paradoja es que GW intenta embotellar un río que lleva décadas fluyendo. Warhammer es un lenguaje visual compartido, no sólo un catálogo de productos. Sus jugadores, sus fans, sus creadores independientes han contribuido a expandirlo más allá de lo que la empresa por sí sola podría haber hecho. Pero el derecho no está diseñado para premiar comunidades difusas: favorece a quienes tienen estructura, abogados y capacidad de litigar. Y en esa asimetría, GW juega con ventaja.

Cuando el juez italiano dicte sentencia —o incluso antes— el ecosistema del hobby puede cambiar. Si GW gana, el efecto disuasorio será inmediato: menos creadores, menos diversidad, más miedo. Si pierde, los escultores ganarán un poco de oxígeno y la empresa aprenderá que no todo se puede domesticar. Mientras tanto, en las mesas de juego seguirán desplegándose ejércitos híbridos, mezcla de plástico oficial y proxies caseros. Como siempre. Porque antes de que GW proclamara su derecho divino sobre estos mundos imaginarios, ya estábamos jugando con ellos.

El atasco infinito

A mis 48 años, el transporte público dejó de ser una opción. No porque no lo haya usado: al contrario. Durante más de treinta años, viviendo en el noroeste, me he movido en autobuses interurbanos, Cercanías y Metro, renegando del coche; he pasado incontables horas de mi vida leyendo libros y comics, mirando por la ventanilla, cabeceando a las siete de la mañana en un vagón que olía a sueño y escuchando las noticias. Durante años, ese era mi día a día, y funcionaba. No era perfecto, claro que no, pero era posible: el transporte público ofrecía una alternativa razonable para entrar y salir de Madrid sin sentir que estabas sacrificando tu salud mental.

Ahora, no. Desde mi última mudanza, y teniendo que dejar a la peque en el cole -¡a las siete y media de la mañana!-, las combinaciones que antes eran soportables se han vuelto impracticables, los horarios son cada vez más inestables y las frecuencias de los trenes un chiste. Si antes, viviendo mucho más lejos de la ciudad, tardaba una hora y poco en llegar a mi trabajo combinando Cercanías y metro, hoy esa misma ruta puede alargarse a hora y media… si no hay averías, si no hay retrasos, si no hay huelga encubierta de maquinistas o fallos eléctricos que paralizan media línea a las ocho de la mañana. Por eso, como mucha otra gente, he acabado rindiéndome: voy en coche. No porque quiera. Porque no me queda otra.

Y aquí empieza el verdadero problema: el coche no es una solución. Desde hace tres o cuatro meses, el acceso a Madrid por la A-6 se ha convertido en una pesadilla diaria. No hay hipérbole o exageración posible que haga justicia a la realidad de esos atascos interminables que empiezan antes de Las Rozas y se extienden hasta el corazón de la ciudad. Lo que durante años fue un trayecto de treinta y cinco minutos se ha transformado en un viaje de una hora y diez minutos como mínimo. Día tras día. Lluvia o sol.

Lo malo es que este colapso no tiene misterio: una combinación perfecta entre planificación electoral y fin del teletrabajo. José Luis Martínez-Almeida ha decidido que su campaña municipal de 2027 se construya sobre obras y cintas inaugurales, y ha convertido los accesos a la ciudad en su escaparate favorito.

Se han abierto zanjas, desviado carriles, levantado estructuras y cortado accesos sin una planificación técnica real, sino pensando en cuándo tocará sacar la foto de la inauguración -me juego kikos contra pesetas -¡y no los pierdo!- que la gran mayoría serán inauguradas con las obras a medias en los dos primeros meses de 2027-. No se ha escalonado ni coordinado nada. Todo al mismo tiempo, como si los ciudadanos fuéramos figurantes en su teatrillo de campaña. La obra del nudo norte, el Bernabéu, la A5, El soterramiento de la M30 en Ventas…

Al mismo tiempo, el lento desmantelamiento de las políticas de teletrabajo ha devuelto a la carretera a miles de personas que habían desaparecido desde la pandemia. Antes, a las siete y media de la mañana, el atasco era manejable: ahora es un tapón total. Cada empresa que obliga a sus trabajadores a volver a la oficina contribuye un poco más a este colapso. Y no hay alternativa: el transporte público no absorbe esta avalancha, porque lleva años abandonado. El Cercanías -¡salude, señor Puente, que usted también tiene parte de culpa en esta situación! no da abasto, el metro está saturado y los autobuses interurbanos se atascan en el carril BUS/VAO.

El resultado es un embudo perfecto, un castigo diario del que no hay salida. Y eso es lo más perverso: no es un accidente. Es una decisión política. No solo la de priorizar el coche sobre cualquier otra forma de movilidad, sino la de utilizar el atasco como fondo de campaña, como escenario en el que el alcalde posa con casco y sonrisa, mientras cientos de miles de personas pierden tres horas diarias de su vida para ir y volver del trabajo.

Madrid no está colapsada por casualidad. Madrid está colapsada porque alguien, desde un despacho en Cibeles, ha decidido que el atasco es rentable. Para ellos. No para nosotros.

NO GIRLS ALLOWED!

Games Workshop ha anunciado esta semana un nuevo set de cabezas de marines espaciales en el que, a simple vista, algunas parecen femeninas. Todo lo femenina que puede ser una mujer transhumana sometida a los espantosos procesos quirúrgicos y de lavado de cerebro necesarios para fabricar una Adepta Astartes.

Fiel a su estilo, GW no ha dicho ni mu. No confirma, no niega, solo observa. Están nadando y guardando la ropa. Miran de reojo al fandom para medir la temperatura antes de mojarse. Si la cosa explota, siempre pueden decir que fue un error y que no eran mujeres, sino asiáticos raros.

Porque la sempiterna bronca sobre los “marines espaciales mujeres” en Warhammer 40,000 no va de trasfondo. Va de dinero. Y de cultura. Y de quién manda en el imaginario cuando una franquicia nacida en los ochenta quiere seguir vendiendo plástico en el siglo XXI.

Games Workshop es una empresa -¡sopresa!-. No una hermandad de caballeros templarios del hobby, ni una secta dedicada al Emperador. Es una compañía cotizada en bolsa, con accionistas, balances trimestrales y un instinto comercial más afilado que cualquier cuchilla de modelismo. Durante décadas, su negocio se basó en venderle a un perfil muy concreto: varón, blanco, friki de adolescencia larga, con poder adquisitivo. No hacía falta complicarse más: eso funcionaba. Los marines espaciales eran hombres porque nadie, en Nottingham, se planteó que pudieran no serlo.

El universo nació con testosterona de serie. El lore se escribió para vender miniaturas, no para sostener dogmas teológicos. Cuando se endureció con los años, no fue por coherencia narrativa, sino porque la fórmula funcionaba. Los códex, las legiones, los primarcas… todo servía para un único fin: mantener las luces encendidas. Y si algo no daba dinero, se borraba. Así de sencillo.

Pero el mundo cambió. La cultura friki dejó de ser un refugio de cuatro tipos que no se duchaban y se convirtió en un mercado masivo. La vieja guardia envejeció y la empresa, que de tonta no tiene un pelo, empezó a tantear otros perfiles de cliente. Las campañas de marketing se hicieron más inclusivas, aparecieron personajes femeninos en otras facciones, y, sobre todo, empezó a insinuar que quizá, algún día, podrían existir marines mujeres. No lo hizo por militancia feminista. Lo hizo porque el Excel le dijo que convenía tantear el terreno.

Y entonces ardió el fandom. Literalmente. Foros, Reddit, Twitter, YouTube: el pequeño ejército de gatekeepers del canon se levantó en armas digitales. Como siempre, con la misma letanía: “no es canon”, “nos quieren imponer ideología”, “esto es política”. Como si Warhammer no hubiera sido político desde el minuto cero, como si un universo que glorifica en su sátira despiadada teocracias fascistas, exterminios y cruzadas imperiales fuese apolítico por naturaleza.

La realidad es que buena parte de esa reacción no huele a lore: huele a sobaco. Y a sudor de huevos. No en sentido figurado, sino literal. Es el olor rancio de cierta parte del fandom: los que siguen convencidos de que Warhammer es su club, su cueva de machos autoelegidos, su patio cerrado donde nada cambia desde que tenían 14 años y llevaban camisetas de Judas Priest -Con mis saludos y respetos al tío más gay del universo, Rob Halford-. Para ellos, ver una mujer con servoarmadura no es un cambio de trasfondo. Es una afrenta personal.

Pero Warhammer no es sólo ese fandom rancio-. Hay una comunidad enorme y creciente que no solo acepta la inclusión: la celebra. Jugadoras, personas queer, racializadas, y también muchos tíos que no necesitan sentirse protagonistas únicos para disfrutar un juego de muñequitos. No son minoría ruidosa: son mayoría silenciosa, pero cada vez más visible. Y son, no casualmente, el público al que GW quiere venderle el futuro de su marca.

Por eso la empresa no ha dicho “sí” ni “no”. No ha proclamado un giro histórico ni ha cerrado la puerta. Juega a lo suyo: tantear el mercado. Sabe que si lanza marines mujeres de golpe, habrá escándalo… pero también ventas. Sabe que si no lo hace, la polémica le sirve igual: mantiene a los ofendidos gritando y a los nuevos públicos expectantes. Un win–win de manual. El Emperador no manda: manda el beneficio neto.

Y este no es un caso aislado. Es un capítulo más de la guerra cultural que atraviesa toda la cultura pop. Lo mismo pasó con las jedis mujeres en Star Wars, con los elfos racializados en The Rings of Power, con las protagonistas femeninas en The Last of Us Part II. Siempre la misma coreografía: una parte del fandom grita que “les han robado su infancia” cuando lo único que ocurre es que han dejado de ser el centro del universo cultural.

Games Workshop no va a decidir este debate desde la moral, ni desde la coherencia narrativa. Lo hará desde el balance trimestral. Si lanzar marines mujeres amplía su mercado, lo hará. Si no, no. Así de simple. El lore es maleable, el Excel no.

La batalla real no se libra en los códex ni en los foros de trasfondo. Se libra en el campo cultural. Entre quienes quieren que el universo de Warhammer siga oliendo a sótano cerrado de los noventa, y quienes quieren que sea un espacio más amplio, diverso y, sobre todo, vivo.

Si algún día aparecen marines mujeres en el catálogo oficial, no será porque GW haya visto la luz. Será porque ha visto la oportunidad de negocio. Y si no aparecen, no será por respeto al canon, sino porque los números no salen. El Emperador podrá seguir sentado en su trono dorado, pero el que decide es el mercado.

Sobre el aborto

El PSOE, no el Gobierno, ha anunciado esta mañana su intención de blindar constitucionalmente el derecho al aborto. No han faltado quienes lo han saludado como un paso histórico en la defensa de los derechos de las mujeres. Conviene ser claros desde el principio: el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo es irrenunciable y debe estar protegido. Nadie que se diga demócrata debería cuestionar que una mujer pueda interrumpir un embarazo sin ser criminalizada ni empujada a la clandestinidad. Dicho esto, hay que mirar detrás del telón: lo que se presenta como una reforma constitucional es oportunismo político.

No es la primera vez que se plantea el blindaje. Sumar lo propuso hace meses y el PSOE lo rechazó porque no había apoyo parlamentario. Tenían razón entonces, y la siguen teniendo ahora. La diferencia es que en esta ocasión el PSOE ha hecho suyo el argumento, no porque los números hayan cambiado, sino porque necesita airear otra conversación. El juicio de la mujer del presidente, las investigaciones sobre su hermano, la falta de presupuestos, la crisis diplomática con Palestina. Todo queda en un segundo plano cuando se invoca la Constitución. Lo que hace unos meses era inviable, hoy se presenta como bandera.

El problema es que para reformar la Constitución no basta con un titular. Se necesitan mayorías reforzadas que este Gobierno ni siquiera puede soñar. Ni PSOE, ni Sumar, ni los aliados habituales suman los votos necesarios. Y para mayor paradoja, algunos de esos aliados —PNV, Junts— se encuentran en el lado contrario en este asunto. No comparten la defensa del aborto como derecho fundamental y menos aún su blindaje. La geometría parlamentaria con la que el PSOE sobrevive en otros terrenos aquí se desmorona. Y lo saben perfectamente.

La política no es un eje simple de izquierdas y derechas. Tampoco una cuadrícula que se ordena de manera estable. Es más bien una esfera donde cada conflicto abre un frente propio. En esa esfera, quien ayer era aliado puede ser adversario mañana. El aborto muestra esa fragilidad con toda claridad. El PSOE vende la ilusión de una izquierda cerrada en bloque en torno a este derecho, pero en el terreno real sus apoyos se disipan.

En la otra orilla, la derecha sigue atrapada en su moral de sacristía. El Partido Popular lleva años en equilibrio inestable: no se atreve a derogar la ley vigente, porque sabe que el rechazo social sería contundente, pero tampoco se atreve a defender el derecho de las mujeres de manera frontal, porque teme perder el voto conservador. Se refugia en plazos, límites y matices técnicos, pero debajo permanece una visión paternalista y condescendiente. Vox, en cambio, no necesita disfraces: exige la prohibición y la penalización. Su proyecto es claro, devolver a la mujer a la tutela del Estado y de la Iglesia.

En este paisaje, el PSOE lanza su propuesta. No como un proyecto serio, porque un proyecto serio necesitaría negociación, pedagogía, pactos que no existen. Lo lanza como globo sonda, como titular que distrae. Se invoca la Constitución como si fuera un talismán capaz de purificar la agenda política. Pero la Constitución, incluso esta que a menudo se siente lejana, no es un decorado de campaña. Es la norma suprema, y si la tenemos es para cumplirla, no para usarla en la pantomima del poder.

El aborto merece blindaje, pero no de esta manera. No como artificio. No como un anuncio destinado a los telediarios. Lo que merece es un proceso político serio, transparente, apoyado en consensos que hoy no existen. Una mayoría parlamentaria que solo puede construirse con tiempo, diálogo y pedagogía social. Mientras tanto, el derecho al aborto ya existe en nuestra legislación, respaldado por la jurisprudencia constitucional y por la voluntad mayoritaria de la sociedad. Lo que necesita no es un titular, sino recursos efectivos en la sanidad pública, formación en el sistema educativo y garantías contra quienes buscan erosionarlo desde tribunales, parlamentos autonómicos o mediante la objeción de conciencia que, en comunidades como Navarra o ciudades como Ceuta, hace imposible abortar en un hospital público.

El daño no es que el blindaje no prospere. El daño es que se utilice como humo. Convertir la Constitución en juguete electoral erosiona su legitimidad. Convertir los derechos de las mujeres en herramienta de distracción degrada la política. Si algún día España decide abrir la Constitución, debe hacerlo en serio, con la solemnidad y el consenso que requiere. Si no es posible, lo honesto es reconocerlo y, mientras tanto, trabajar para que el derecho a decidir sea real en la vida cotidiana: en un centro de salud, en un hospital, en cada territorio del país.

Si el PSOE quiere blindar algo, que blinde la posibilidad de abortar en cualquier hospital del país. Y que deje la Constitución fuera de sus trucos de magia.