—Me ha llamado la Policía.
Hay determinadas frases que, cuando te llama un cliente, hacen que dejes de hacer lo que estabas haciendo. Esta es una de ellas; así que cerré el buscaminas.
—¿Y qué quiere la Policía?
—Nada. Que me pase por comisaría para aclarar unas cosas.
—Ah. «Aclarar unas cosas». – Llevo más de veinte años ejerciendo y todavía no he conocido a nadie al que la Policía haya invitado a pasar por comisaría para explicarle cómo funciona la cafetera. Si quieren aclarar unas cosas y una de esas cosas eres tú, quizá convenga averiguar exactamente qué quieren aclarar antes de presentarte allí dispuesto a ayudar.
—¿Te han dicho en calidad de qué?
—¿Cómo?
—Que si te han dicho si vas como denunciante, testigo, investigado…
—No. Me han dicho que me pase mañana y hablamos. Es por lo de la casa. – Aquí conviene hacer un inciso porque, evidentemente, había una casa. Y es que siempre hay una casa.
En este caso había una señora viviendo en lo que jurídica, catastral y probablemente desde el punto de vista del sentido común era un trastero anejo a una vivienda. Cómo había terminado viviendo allí, quién le había permitido hacerlo y con qué título daría para otra entrada. Para esta basta saber que mi cliente era propietario del inmueble, quería recuperar la posesión y, en algún momento del proceso, había tenido la brillante idea de cambiar una cerradura.
Mi cliente estaba a punto de descubrir que no había sido una idea tan brillante.
—¿Les has contado algo?
—Bueno, me han preguntado por la cerradura y les he dicho que la casa es mía y que…
—¿Qué más les has contado?
—Nada.
—¿Qué significa «nada»?
—Pues que la señora no tiene contrato, que aquello ni siquiera es una vivienda, que llevaba tiempo diciéndole que se marchara y que como la casa es mía…
—Vale. Ya puedes dejar de aclarar cosas. – Todos sentimos una necesidad casi irresistible cuando nos llama la Policía que consiste en intentar convencer inmediatamente al agente de nuestra inocencia. Debe de ser algo antropológico. Una persona que jamás explicaría a un desconocido por teléfono cuánto gana, con quién se acuesta o dónde guarda las joyas de su madre recibe una llamada de alguien que dice ser policía y empieza espontáneamente a reconstruir los últimos seis meses de su vida.
Y normalmente lo hace convencido de que cuanto más hable, más evidente resultará que todo ha sido un malentendido. Pero la realidad no suele funcionar así.
—Pero yo no he hecho nada.
—Has cambiado la cerradura.
—Porque la casa es mía.
—Ya.
—¿Cómo que «ya»?
—Que sea tuya no significa que puedas impedir entrar a quien tiene la posesión. Precisamente para eso existen los juzgados.
Silencio.
Los abogados conocemos bien ese silencio. Es el momento exacto en el que el cliente empieza a sospechar que quizá la llamada de la Policía no fuera una invitación a tomar té con pastas.
—¿Entonces qué hago mañana?
—De momento, nada. Vamos a averiguar por qué quieren que vayas y en calidad de qué.
Que un policía te telefonee y te diga amablemente que te pases por comisaría no significa que estés detenido. Tampoco significa, por sí solo, que estés formalmente citado por un juez. Y desde luego «venir a aclarar unas cosas» no es una categoría que aparezca en la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Puedes ser testigo. Puedes ser perjudicado. Puedes ser investigado. Incluso puede que simplemente estén intentando saber qué demonios ha ocurrido antes de decidir qué hacer contigo. Y esas situaciones no son iguales. Así que la primera pregunta no es «¿a qué hora voy?». Debería ser:” ¿En calidad de qué me requieren?”. Y si la respuesta es que existe una denuncia contra ti o que pretenden tomarte declaración como investigado, aparece una institución jurídica extraordinariamente útil que los abogados llevamos siglos perfeccionando: el abogado. Y no porque el abogado posea algún poder arcano para hacer desaparecer delitos. Ojalá. Principalmente porque cuando el problema es tuyo pierdes una sorprendente cantidad de capacidad para distinguir una buena idea de una idea de mierda: explicar espontáneamente a la Policía por qué cambiaste la cerradura de una dependencia ocupada por otra persona antes de saber exactamente qué te están atribuyendo pertenece con bastante frecuencia al segundo grupo.
—Entonces, ¿no voy?
—No he dicho eso.
—Pues no te entiendo.
—Primero vamos a saber qué quieren. Después decidiremos qué hacemos.
—Pero si voy con abogado va a parecer que tengo algo que ocultar. – No sé en qué momento decidimos que ejercer un derecho constitucional constituye una especie de confesión extrajudicial, pero la idea está sorprendentemente extendida – El que no tiene nada que ocultar no actua como si tuviera algo que ocultar”-, pero el artículo 24 de la Constitución reconoce el derecho de defensa, la asistencia de letrado, el derecho a no declarar contra uno mismo y a no confesarse culpable. No añade «salvo que a usted le dé apuro que el policía piense mal».
Si te atribuyen un delito tienes derecho a saber qué hechos te atribuyen y a defenderte desde ese momento. Y defenderte puede consistir en declarar y explicar exactamente qué ocurrió. Puede consistir en contestar únicamente a determinadas preguntas. Puede consistir en declarar más adelante, cuando tu abogado conozca suficientemente el asunto. Y puede consistir en no declarar.
Esta última posibilidad desconcierta muchísimo.
—¿Pero puedo negarme a declarar?
—Sí.
—¿Y eso no me perjudica?
—Tienes derecho a guardar silencio.
—Ya, pero…
—No hay «pero». – Otra cosa es que estratégicamente convenga hacerlo. A veces interesa declarar. A veces tienes una explicación magnífica, documentación que la respalda y un abogado que, después de conocer la denuncia, considera conveniente ponerla encima de la mesa cuanto antes. Y otras veces no sabes exactamente qué hay en el atestado, qué ha declarado el denunciante o qué información tiene la Policía y ponerse a hablar sirve fundamentalmente para convertir una investigación mediocre en una investigación bastante mejor.
Para eso está el abogado. No para enseñarte a mentir. No declarar no es mentir. Mentir es decir que estabas en Cuenca cuando estabas cambiando una cerradura en Leganés. Guardar silencio consiste en no proporcionar tú mismo material para construir una acusación contra ti. Es una diferencia bastante sencilla y, además, la Constitución tuvo la amabilidad de escribirla.
—Vale. Entonces les llamo y les digo que quiero ir con abogado.
—Eso está bastante mejor.
—¿Y les pregunto qué me denuncian?
—Sí.
—¿Y si me lo cuentan?
—Escuchas.
—¿Y les explico…?
—No.
—Pero…
—No.
Silencio. Creo que estaba empezando a comprenderlo.
La Policía hace su trabajo. Y una parte de su trabajo consiste precisamente en averiguar qué ha ocurrido cuando alguien denuncia que el propietario de la dependencia en la que vive ha cambiado la cerradura y le ha impedido entrar. Si para hacerlo llama al propietario y este, encantado de colaborar, le explica quién cambió la cerradura, por qué la cambió, cuándo lo hizo y que volvería a hacerlo porque «aquello es mío», el trabajo policial acaba de hacerse considerablemente más sencillo.
No hay ninguna razón para enfadarse por ello. Yo también agradezco cuando la parte contraria me hace parte del trabajo.
Así que, si alguna vez recibís esa llamada, sed educados. Preguntad el nombre del agente, de qué comisaría llama, si existe algún número de atestado o diligencias y, sobre todo, en qué condición quieren que comparezcáis. Si existe una citación formal, que os expliquen cómo os la van a notificar. Si os están atribuyendo un delito, llamad a un abogado antes de empezar a contar vuestra versión. Pero si únicamente os dicen que os paséis por allí para «aclarar unas cositas», no hace falta salir corriendo hacia comisaría con una carpeta debajo del brazo y la firme determinación de demostrar vuestra inocencia. Las cosas pueden esperar unos minutos. Vuestro abogado también querrá que se las aclaréis.