A finales de julio de 2026, decenas de miles de personas cruzaron en apenas unas horas la frontera entre Marruecos y Ceuta, muchas de ellas bordeando a nado los espigones fronterizos. Las cifras fueron cambiando a medida que avanzaba la crisis —Interior llegó a hablar de unas 50.000 entradas, aunque buena parte regresó posteriormente a Marruecos—, pero el número exacto importa menos que lo que ocurrió: durante unas horas una frontera exterior de la Unión Europea sencillamente dejó de funcionar. No es la primera vez que ocurre: en mayo de 2021 unas 10.000 personas entraron en Ceuta en circunstancias parecidas, mientras las fuerzas de seguridad marroquíes reducían de forma evidente el control de su lado de la frontera. Cinco años después ha vuelto a ocurrir, sólo que esta vez a una escala mucho mayor, porque la frontera española con Marruecos funciona bastante bien siempre que Marruecos quiere que funcione.
Y esto nos lleva a una de esas expresiones que hemos repetido tanto que ya no significa nada: Marruecos es un país amigo con el que incluso tenemos un Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación. España y Marruecos son vecinos, socios comerciales y colaboran en materia policial, antiterrorista y migratoria. Están condenados a entenderse porque ninguno puede coger su país y moverlo quinientos kilómetros. Pero eso no significa que sean aliados. Sus intereses coinciden en muchas cosas y son directamente incompatibles en otras.
Marruecos reclama históricamente la Ceuta, Melilla y el resto de enclaves españoles en el norte de África, igual que España reclama de Gibraltar, También considera el Sáhara Occidental parte de su territorio y aspira, con toda lógica, a convertirse en la potencia dominante del Magreb occidental. Nada de eso convierte a Marruecos en malvado. Los Estados tienen intereses y procuran defenderlos. La parte extraña no es que Marruecos lo haga, sino que nosotros nos sorprendamos cada vez que ocurre. Hay además algo que conviene decir, aunque suene fatal: Ceuta y Melilla, en términos estrictamente económicos, no son especialmente importantes para España. Son territorio español, viven españoles allí y cualquier amenaza a su soberanía debe ser tomada en serio. Pero una cosa es el valor político de un territorio y otra su valor material. Entre ambas ciudades viven unas ciento setenta mil personas. Su aportación a la economía española es pequeña, no contienen recursos extraordinarios y su importancia estratégica no es la de hace un siglo. Su pérdida sería una catástrofe política, no económica.
Precisamente por eso son una palanca magnífica. Marruecos puede provocar a España un enorme problema político actuando sobre dos territorios cuyo valor material es pequeño. Pero quizá llevemos demasiado tiempo mirando la palanca y no todo aquello que intenta mover. Porque unos cientos de kilómetros más al oeste están Canarias. Y no me refiero solamente a las islas. Un archipiélago proyecta derechos sobre el mar: Zona Económica Exclusiva, plataforma continental, pesca, subsuelo y recursos. Cuando uno mira Canarias así deja de ver unas islas y empieza a ver una cantidad enorme de Atlántico. Y enfrente está el Sáhara Occidental.
Para Naciones Unidas, el Sáhara sigue siendo un territorio pendiente de descolonización, pero Marruecos considera que forma parte de Marruecos y controla la mayor parte. Podemos discutir durante horas sobre historia y autodeterminación, pero existe una consecuencia geográfica mucho más sencilla: al igual que un archipiélago, una costa también genera derechos marítimos. Por tanto, importa bastante de quién sea la costa que está enfrente de Canarias. España presentó en 2014 ante Naciones Unidas una solicitud relativa a la extensión de su plataforma continental al oeste de Canarias. Marruecos ha planteado sus propias pretensiones marítimas y en 2020 aprobó legislación delimitando sus espacios atlánticos. Hay zonas que tendrán que ser delimitadas conforme al Derecho internacional y mediante negociación.
No hay fragatas marroquíes camino de Tenerife. Hay algo mucho más aburrido: mapas, coordenadas, diplomáticos y abogados discutiendo sobre derechos que pueden seguir teniendo valor dentro de cien años.
Y entonces llegó Donald Trump. En 2020 Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. A cambio Marruecos normalizó relaciones con Israel dentro del proceso de los llamados Acuerdos de Abraham. Desde entonces la relación entre Marruecos e Israel ha ido bastante más allá de intercambiar embajadores. Hay cooperación militar, compras de armamento, tecnología y seguridad. Israel consigue un socio estable en el norte de África y Marruecos obtiene tecnología militar y una relación estrecha con un país con enorme influencia en Washington. Todos ganan algo. Aquí tendemos a pensar que Estados Unidos, llegado el caso, preferirá España a Marruecos porque nosotros somos aliados de la OTAN.
No funciona así. España es muy importante para Estados Unidos. Rota importa. Morón importa. Nuestra pertenencia a la OTAN y a la UE importa. Pero Washington no tiene que escoger entre España y Marruecos. Puede preferir a uno para unas cosas y al otro para otras. Y Marruecos ofrece algunas ventajas mientras que nosotros damos problemas porque tenemos elecciones, Parlamento, prensa, tribunales, oposición, legislación europea y organizaciones de derechos humanos. Un gobierno puede cambiar y cambiar con él la política exterior. En cambio, Marruecos es una monarquía autoritaria. El rey conserva un poder político enorme, existen importantes restricciones a la libertad de expresión y el Sáhara es una cuestión particularmente sensible. Estados Unidos lo sabe perfectamente: lo cuenta en sus propios informes sobre derechos humanos. Y después coopera militarmente con Marruecos. Porque una cosa son los derechos humanos y otra la geografía.
A Estados Unidos y a Israel no les molestan las dictaduras cuando sirven a sus propios intereses: para determinadas cuestiones, un régimen autoritario es un socio más sencillo y predecible que una democracia europea sometida a elecciones, jueces y opinión pública. Eso no significa que Estados Unidos e Israel hayan organizado lo ocurrido en Ceuta. No hay pruebas de ello y no hacen falta para entender el problema. Marruecos tiene sus propios objetivos y hoy está en una posición internacional más fuerte para perseguirlos. Estados Unidos reconoce su soberanía sobre el Sáhara e Israel se ha convertido en un socio estratégico y militar importante. Mientras tanto España necesita de Marruecos algo extremadamente concreto: que controle nuestra frontera.
Y ésa es una dependencia que Rabat puede utilizar. Hablar de presión híbrida tampoco convierte a los inmigrantes en soldados. El chaval que intenta llegar nadando a Ceuta no ha diseñado la política exterior de Mohamed VI; sólo quiere entrar en Europa y está dispuesto a jugarse la vida para conseguirlo; cerca de un centenar de personas la han perdido en los últimos intentos de cruce. Si un Estado aprovecha esas personas para presionar a otro, el responsable es quien las instrumentaliza, no quienes son instrumentalizados. Confundir ambas cosas, además de miserable, nos hace mirar precisamente hacia quien menos capacidad tiene para decidir lo que está ocurriendo. Por eso creo que estamos mirando demasiado a Ceuta.
Ceuta y Melilla importan y su soberanía no debería ser negociable. Marruecos las reclama y probablemente seguirá haciéndolo dentro de cincuenta años. Pero el Sáhara y las aguas frente a Canarias pueden tener una importancia estratégica mucho mayor. Controlar definitivamente el Sáhara consolida para Marruecos una enorme fachada atlántica. Y enfrente de esa costa están Canarias y un espacio marítimo cuyos límites, recursos y derechos importarán mucho después de que todos los gobiernos actuales hayan desaparecido. España necesita buenas relaciones con Marruecos. Convertir cada conflicto con Rabat en una reedición de las Navas de Tolosa es una estupidez., porque Marruecos no tiene ninguna obligación de preferir los intereses españoles cuando los nuestros choquen con los suyos. No es una traición. Es política exterior. La única pregunta verdaderamente incómoda es si España tiene igual de claro cuáles son los suyos. – y yo no lo tengo nada claro-
Dentro de unas semanas Ceuta desaparecerá de las noticias. Habrá otra reunión bilateral, los ministros se darán la mano y alguien volverá a hablar de las excelentes relaciones entre dos países amigos y aliados. Pero el Sáhara seguirá allí. Canarias también. Y mientras todos miramos la valla, hay una cantidad enorme de océano que no sale en televisión.