Nunca es solo futbol, no…

Existe una vieja broma en las redacciones. Cuando se acerca una final, una elección o la muerte anunciada de algún anciano ilustre, se preparan varias versiones de los artículos. Si gana A, se publica el A. Si gana B, el B. Si palma el Papa o el Rey, el obituario. Si sobrevive, al cajón hasta que se suba al árbol…

Es una práctica perfectamente razonable. Lo que no suele hacerse es publicar el artículo equivocado, que es exactamente lo que parece haber ocurrido con la columna que Arcadi Espada firmó en El Mundo bajo el solemne título “Nunca es solo fútbol, recordadlo siempre»

Porque, efectivamente, nunca fue solo fútbol. Espada construye una tesis a la medida de la inquina que le tiene a la idea de ese país que sólo está en su cabeza. España perdería porque España está perdida. La selección representa a un país mediocre, enemigo del mérito, entregado a un igualitarismo woke, incapaz de la excelencia y moralmente exhausto. El vestuario es una metáfora nacional. Los once jugadores son cuarenta y ocho millones de españoles con botas.

Todo muy orteguiano.

Solo había un pequeño inconveniente: España no perdió; ganó a Bélgica, ganó a Francia y acabó levantando la Copa del Mundo.

Es difícil imaginar una refutación más elegante. No hizo falta escribir una réplica. Bastó con jugar los partidos.

Lo fascinante del episodio no es el error. Cualquiera puede equivocarse haciendo un pronóstico. Lo interesante es que el texto demuestra que el resultado era irrelevante para Arcada. Leed la columna con calma. No aparece un rival. No aparece un marcador. No aparece una jugada. No aparece una decisión arbitral. No aparece un nombre propio. Podría haberse publicado tras perder con Francia, con Alemania o con el equipo de Rugby de la Complutense.

Esto revela algo bastante más interesante que una torpeza editorial. Revela una forma de entender el periodismo de opinión por parte de El Inmundo. Antes, los articulistas observaban un hecho y elaboraban una interpretación. Ahora, algunos llegan con la interpretación escrita de casa y esperan pacientemente a que los hechos tengan la cortesía de ajustarse al guion.

Cuando la realidad coopera, el articulista parece un profeta. Cuando no coopera, ocurre esto. Hay una frase especialmente deliciosa. Dice Espada: «Ninguna selección fracasa sola: fracasa el país que se proyectaba en ella.» Es una frase magnífica. Tan magnífica que admite la inversión exacta. Ninguna selección triunfa sola: triunfa el país que se proyectaba en ella.

Así que, siguiendo la lógica del propio artículo, habría que concluir que la España mestiza, igualitaria y risueña —esa misma de la que el autor se burlaba en la entradilla— acaba de proclamarse campeona del mundo.

Naturalmente, nadie espera que Arcadi Espada escriba esa columna, porque el problema nunca fue el fútbol, ni siquiera España; el problema era que la conclusión estaba decidida para Espada antes de que rodara el balón.

Este pequeño accidente editorial tiene un enorme valor pedagógico. Durante unos minutos hemos podido ver el mecanismo interno del columnismo contemporáneo. No se trata de explicar la realidad. Se trata de ilustrar una tesis previa. Los hechos son simples figurantes. Si ayudan, se citan. Si estorban, se ignoran. Y si el becario pulsa el botón equivocado y publica el artículo destinado a una realidad alternativa, el truco queda al descubierto.

La selección ganó otro Mundial y El Mundo y Espada perdieron una oportunidad magnífica para recordar cuál debería ser el orden natural de las cosas: Primero ocurre la realidad y después se escribe el artículo. No al revés.

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